EL COMERCIO, LA OTRA CARA DE LA INMIGRACIÓN LOCAL

Entre los 29 comercios que tienen dueños extranjeros en San Francisco está el de Lucrecia Choque, dueña de un almacén de barrio 20 de Junio, un número pequeño sobre un total de 5.800. Pero cada uno tiene su historia y son parte del cambio sociocultural de la ciudad.

A veces preguntarse qué sería de la Argentina si la ola inmigratoria no hubiera llegado permite imaginar futuros distintos para la población. En San Francisco el interrogante podría repetirse ya que si bien el nombre de la ciudad está asociado a los italianos con el tiempo el panorama fue cambiando.

De a poco fueron llegando personas de distintas nacionalidades que adoptaron a San Francisco como lugar para vivir, echaron raíces, trabajan o tienen sus propios emprendimientos de los que viven.

En barrio 20 de Junio, por ejemplo, es fácil dar con un almacén en Gutiérrez (S) donde su propietaria atiende siempre con una cálida sonrisa. La mujer se llama Lucrecia Choque y desde 1993 vive en la ciudad aunque antes se radicó en Mendoza tras arribar desde Sucre, Bolivia.

Al llegar a este país era solo una adolescente y ahora siendo ya una mujer más grande, se emociona al decir que "tiene en su corazón igual cantidad de cariño para sus dos países".

"Es la tierra donde nací y la Argentina me adoptó, me siento adoptada por su gente y esta ciudad sobre todo. Yo no conozco mucho más pero acá me siento bien y lo valoro".

En "el 20" tiene desde hace 11 años un comercio que le permite sustentar su vida y que fue construyendo de a poco pero la hace sentir orgullosa.

Su historia es una de las que existen detrás de los 29 comercios radicados en San Francisco cuyos dueños son extranjeros. Comparativamente al padrón total de 5.800, representan una porción pequeña pero no por ello crecen menos o dejan de aportar un cara diferente de la inmigración y la historia de creciente de la ciudad.

Detrás del mostrador

Lucrecia llegó en 1993 a San Francisco y contó que "le encantó desde el principio". Antes vivió en Mendoza, sin embargo, por amigos que hizo en el camino cuando llegó a la Argentina terminó radicándose acá.

Hace 11 años atiende su almacén, un negocio emplazado en el barrio 20 de Junio en la comunidad en el que es feliz de trabajar y poder vivir dignamente. "Esta es la tierra donde nací y la Argentina me adoptó, yo me siento adoptada por su gente y esta ciudad sobre todo", dijo emocionada.

Aunque nació en la ciudad boliviana de Sucre, inició una aventura siendo adolescente que la trajo a nuestro país y con el tiempo a la ciudad.

"Estoy muy feliz y agradecida por el trabajo, me fue bien con el negocio y no me disgusta ni reniego", contó a LA VOZ DE SAN JUSTO en uno de los pequeños "recreos" que tiene luego de atender a los clientes que entran y salen del negocio.

San Francisco la adoptó por eso se siente "agradecida" y agregó que "nunca tuvo problemas con nadie".

"En San Francisco veo a mucha gente trabajadora y eso me enseñó mucho. Trabajé  en casas de familia y vi que acá son muy guapos. En mi barrio veo a mucha gente guapísima", aseguró en alusión a que sus anteriores empleadores eran personas luchadoras y trabajadoras que la inspiraron.

 

Echar raíces en otro lugar

Para Lucrecia nada fue fácil en la Argentina. Cuando el almacén le dio un descanso y pudo reflexionar más sobre toda su vida en estas tierras la emoción y las palabras salieron a flote.

Desde 1986 está en el país, pero Lucrecia viajó varias veces a su tierra natal aunque siempre volvió. Ella tiene en la mirada la luz de quien añora un lugar pero por ahora seguirá en San Francisco: "Uno acá tiene proyectos, si estuviese dentro de mis posibilidades tal vez volvería pero hoy por hoy no porque me gusta acá".

Por eso, la mujer considera que su vida es particular. "No se me ocurrió decir voy a ir a tal lugar. Siempre me comparé con una flor a la que le dicen panadero y vuela de donde viene el viento, así me vi en mi adolescencia y duró hasta hace unos 15 años atrás", relató.

Su testimonio da cuenta de que le llevó la mitad "echar raíces acá en San Francisco", un lugar a la que describe como "su ciudad querida".

"Puedo irme un día o no sé tal vez quedarme acá, me da exactamente igual", resumió porque para ella no hay diferencias entre Bolivia y la Argentina. 

En este sentido continuó diciendo: "Siento que tengo dos países el natal y este. Acá hay gente con quienes comparto cosas y que Dios puso en mi camino. Ojalá yo pueda aportar también a la vida de los demás porque no creo que estemos solo para consumir en esta tierra", cerró.

 

Solo 29 tienen un dueño extranjero 

La ciudad creció y las personas que viven acá no son ya como sucedía en los primeros años posteriores a la fundación mayoritariamente inmigrantes italianos. Hoy el vecino de al lado, el dueño de un supermercado o donde se busca una prenda para vestir puede tener a un propietario oriundo de cualquier otro país.

Así, por ejemplo, al caminar por el centro se pueden visitar los negocios de vecinos que llegaron desde un país de África, o Asia y quizá más cerca también, de países vecinos como Bolivia. Aunque hay extranjeros que trabajan en relación de dependencia, muchos lograron llevar adelante emprendimientos propios.

Hasta julio de 2019, según los datos aportados desde la Secretaría de Economía de la municipalidad, hay 29 negocios inscriptos cuyos propietarios son de otra nacionalidad, de un total de 5.800 que tienen registrados en esta área, es decir que representan el 0,5 %.

Pese a que el porcentaje parece menor, en realidad esto no es algo poco llamativo, puesto que hace 20 años, o un poco más, encontrar negocios que fueran atendidos por "sanfrancisqueños por adopción" era un tanto dificultoso. Sin embargo, conforme fueron cambiando los tiempos también lo hizo la estructura comercial de la ciudad y la proliferación de estos casos.

La Constitución Nacional dice en su preámbulo que nació para "asegurar los beneficiosd de la libertad" no solo para quienes ya vivían en la Argentina sino "para todos los hombres del mundo". Lucrecia es prueba de esto y así cada una de las historias de los inmigrantes que llegaron a San Francisco reconvirtiéndolo de a poco social, cultural y comercialmente.




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