A 25 AÑOS DE CARRASCO: MADURAR A LA FUERZA POR EL SERVICIO MILITAR

La historia la cuenta Ricardo Jular, un sanfrancisqueño que estuvo confinado como soldado de Marina en Tierra del Fuego. Era 1975 y tenía 20 años. En Tucumán la guerrilla ardía pero "ellos no sabían nada" de lo que pasaba alrededor. "En el Servicio Militar no éramos nada, solo un número", recordó con dolor.

La muerte del soldado Omar Carrasco marcó a fuego la historia del Servicio Militar Obligatorio (SMO) en el país en 1994, tanto así que el expresidente Carlos Menem lo convirtió en voluntario después de su muerte a manos del Ejército.

Desde que Pablo Riccheri, ministro de Guerra durante la presidencia de Julio Argentino Roca, impulsara el establecimiento del SMO por ley en 1901, pasaron muchos jóvenes por la instrucción militar, y uno de ellos fue el sanfrancisqueño Ricardo Jular, que hoy tiene 64 años y lleva grabados en su memoria los 16 meses que pasó en Tierra del Fuego como soldado de Marina.

Como a Carrasco, a Jular y a cientos de jóvenes los "bailaron" cuando empezaron a hacer el Servicio. Eso era "una práctica frecuente" dentro de este sistema, solo que en el caso del joven en 1994 todo se descontroló y su historia marcó un antes y un después.

Ricardo recuerda muy bien aquella época cuando corría 1975, también el momento en que fue elegido y escuchó su número, el 883, en Radio Nacional. "Éramos solo eso, un número", sostuvo pero rápidamente corrigió: "No éramos ni eso, no éramos nada y así ellos te lo hacían sentir cuando empezabas el Servicio", dijo a LA VOZ DE SAN JUSTO este hombre que se fue solo con 20 años a cuestas a cumplir con esta obligación cívica.

Hubo un Ricardo antes del SMO y otro después de eso. Si bien aprendió cosas en esa experiencia, también vivió otras tristes, sobre todo en el período de Instrucción previo a desembarcar en Tierra del Fuego.

Allá en el sur, recordó, "sus días eran interminables" en el Batallón de Infantería de Marina (BIM Nº 5) donde estuvo destinado, y ansiaba con que llegara el momento en que le dieran a los seis meses la licencia más extensa para volver a San Francisco a ver a su familia. Quería terminar, tener la libreta firmada y volver a su vida de siempre, la de cualquier joven de aquel momento.

 

El llamado

Cuando Ricardo se pone a hablar de su época en el Servicio no puede dejar de recordar cosas que vienen de a poco a su mente. Ya pasaron 44 años de aquel llamado del que se enteró por radio para presentarse en la ciudad de Córdoba, sin embargo, las huellas siguen latentes en su mente.

"Tengo 64 años e hice el servicio en 1975 y después pasé 16 meses confinado al BIM Nº 5 en Río Grande, Tierra del Fuego", indicó al inicio de una extensa charla que nos reunió en su casa de las "108 viviendas", en barrio Parque.

Lo dice casi como si fuera su carta de presentación, como si aún pudiera ver a esos jefes que impartían la disciplina a los jóvenes convocados al SMO. "Nos ordenaban por número y yo tenía uno alto, el 883. Sabíamos más o menos que a los que tenían una cifra así les tocaba por lo general en Infantería de Marina pero no lo supe hasta que terminamos la etapa de Instrucción un mes después de la convocatoria", relató Jular.

El sorteo se hacía por transmisión radial - de Radio Nacional - un medio de comunicación al que todos - o la gran mayoría - accedía en esa época. "No sé muy bien que sentí, no lo recuerdo. Pero sí sé que en pocas horas tuve que armar mi bolso, despedirme de mi familia y tomar el colectivo a Córdoba. Qué íbamos a saber si éramos chicos de 20 años", enfatizó con los ojos que comienzan a tomar un brillo especial.

 

La peor parte

En aquella época, Jular trabajaba con su papá en una fábrica de la cual era el encargado. Había ido a la "Escuela del Trabajo" (Ipet Nº 50) pero "se llevó todo" y su padre "no quería vagos", así que lo empleó.

"Empecé de abajo y tenía que portarme bien porque era su hijo. Para mí no había horarios ni enfermedad", graficó. Después todo cambió con ese sorteo porque se tuvo que ir y "las salidas a los bailes" se terminaron.

Los amigos de Ricardo quedaron atrás y solo "se transformó en un número" dentro de la Colimba (la palabra homónima a SMO que significa 'Correr, barrer, limpiar').

Con dos sanfrancisqueños más llegaron a la ciudad de Córdoba aquel año en el mes de septiembre pero ahí todavía no sabía qué le depararía el futuro, ni lo que se aproximaba.

Los ojos de Ricardo vuelven a brillar, pero no de emoción: "Nos mandaban a distintas partes según los números como estaban ordenados. Entonces a mí -siguiendo su intuición - lo mandaron a La Plata, en Ensenada, donde comenzó la etapa preparatoria, la de Instrucción. Esa fue la peor parte, ahí de verdad conocí lo que es pasar hambre e incluso bajé mucho de peso".

En La Plata le pasó de todo a Ricardo. Desde temprano los hacían levantar a hacer ejercicios militares. "Correr era lo que más hacíamos, en nuestro tiempo libre nos arreglábamos los uniformes y ahí aprendí a coser porque podías estar sucio pero no con la ropa rota. Imaginate, nosotros teníamos 20 años y nos hacían practicar hasta que caíamos casi desmayados en el barro, así era todos los días", narró.

Las cosas no terminaban ahí porque a la hora de la comida, cuando quizá más necesitaban de un alimento que los mantuviera fuertes no había buenas noticias: "Si cocinaban al mediodía polenta y arvejas, a la noche era al revés. Tenías mucha suerte si te tocaba un poquito de carne que solíamos guardar con un pedazo de pan duro para otro momento. Siempre intentábamos guardar algo, y mirá que yo no era delicado pero no nos daban mucho de comer", recordó.

 

Recuerdo. Ricardo escuchó en Radio Nacional su número en el sorteo

La "colimba" en primera persona: "En el Servicio Militar no éramos nada, solo un número"

Al fin del mundo

La gran parte del SMO aún no había empezado para Ricardo. Después de ese primer mes, le dijeron al final donde estaría completando este ciclo. "Me mandaron al BIM Nº 5 en Río Grande, Tierra del Fuego. Ahí entendimos por qué en las últimas semanas nos hicieron practicar con una ropa que nos parecía muy pesada y gruesa si no hacía frío", señaló.

Lo que pasó en La Plata significó tanto para este sanfrancisqueño que el mejor recuerdo que tiene de su paso por Río Grande es que "allá tenían más ropa, los dejaban bañar tranquilos, había calefacción y la comida era más abundante", pero por sobre todo acorde al clima. No obstante, cualquier error, desobediencia o "solo porque sí" los tenía de vuelta frente a un "baile".

"A los chicos que peor les iba, eran los que pedían prórroga. Había un chico que fue a los 22 porque estudiaba en la universidad y le hacían de todo en los bailes ¿Sabés por qué? Sabían que era superior pero ahí ellos tenían la autoridad y por eso se vengaban en cierta forma", manifestó Jular.

En sus ratos libres, con las licencias que le daban en distintos días no podían hacer mucho: "Dábamos unas vueltas y no encontrábamos nada bueno, es que no había mucho. Yo no sabía, pero en el BIM 5 muchos años antes mandaban a los militares que no se habían portado bien, a los peores digamos. Salíamos y todos los comercios bajaban las persianas porque les había quedado la mala impresión de quienes estaban confinados allá", rió Ricardo recordando aquella anécdota.

 

Ocultamiento

Los chicos que estaban en el Servicio Militar podían recibir cosas que les mandaban sus familiares pero no llegaban a sus manos sin que antes fueran revisadas por los oficiales.

"Nos llegaban pequeñas cajas con encomiendas de nuestras familias. Nos las daban pero ellos se fijaban antes en la correspondencia. No miraban las cartas rompiendo los sobres porque usaban una luz que se la pasaban para saber el contenido". Y continuó: "Era porque si había noticias sobre la situación que se vivía en el país te decían que 'había llegado correspondencia pero no te la podían dar', pero no podíamos saber por qué tampoco".

Lo cierto es que en aquel momento, la Argentina entraba en su etapa más oscura con un país convulsionado por la dictadura cívico militar. "No teníamos idea de que se llevaban a la gente, ni de la guerrilla en Tucumán, como habrá sido que a veces ni recuerdo quién era presidente porque solo podíamos pensar en el agotamiento del Servicio", contó Jular.

"A veces pienso y me cuesta decirlo, pero estando ahí esas cosas me pasaron por el frente y de verdad no las pude ni supe ver", razonó.

 

Lo que aprendió

Ricardo no reniega del SMO con el que tuvo que cumplir. "No guardo rencor, hoy lo cuento como una anécdota. Sí, en aquel momento sufrí mucho pero eso ya pasó. Me sirvió para aprender muchas cosas, sobre todo la disciplina y el respeto. Ahora si se me sale un botón de la camisa no tengo drama en coserla, o zurcir, cocinar o limpiar".

Asimismo, no cree que el rigor con el que se los entrenaba debería volver, pero sí entiende que "recuperar los valores que tuvo de esa experiencia sería importante que fueran tenidos en cuenta".

Jular recuerda muy bien esa época, sería imposible para él olvidarlo, incluso aun tiene una cuenta pendiente: llevar a su familia al lugar donde pasó 16 meses, esa base que marcó en su vida un antes y un después.




SEGUI LEYENDO...

Menu